Hoy he leído la última información de Reuters sobre los ataques a otros dos barcos en el estrecho de Ormuz y, sinceramente, lo que más me ha llamado la atención no ha sido el ataque en sí. A estas alturas, desgraciadamente, empieza a ser casi parte del paisaje. Lo interesante es otra cosa, Irán parece estar intentando transformar Ormuz de una ruta comercial internacional en una frontera donde Teherán decide quién puede pasar y quién no.
El viernes, según los datos de Kpler recogidos por Reuters, únicamente dos embarcaciones habían atravesado claramente el estrecho y no se observaba ningún cargamento de petróleo cruzándolo. El día anterior habían pasado nueve barcos, después de cinco el miércoles. Más que un cierre absoluto, estamos empezando a ver algo parecido a un tránsito administrado bajo amenaza.
Y ahí está la novedad.
Una comisión del Parlamento iraní acaba de aprobar un plan que permitiría prohibir el paso por Ormuz de activos y equipos vinculados a Estados Unidos, Israel y otros países considerados “hostiles”. Además, Irán ha retomado los ataques contra barcos a los que acusa de intentar cruzar sin su autorización.
En otras palabras, Estados Unidos bloquea los puertos y exportaciones iraníes para cortar su principal fuente de divisas y Teherán responde intentando crear su propio sistema de sanciones en el mar.
No sé si alguien tenía en su lista de 2026 una guerra comercial gestionada con portaaviones y petroleros, pero aquí estamos.
Washington asegura que puede mantener indefinidamente el bloqueo naval sobre Irán. Pete Hegseth ha dicho que Estados Unidos puede rotar sus buques y sostener esa presencia durante el tiempo que sea necesario, mientras Scott Bessent promete para la próxima semana medidas de aislamiento económico todavía más agresivas contra Teherán. El objetivo es bastante evidente: reducir los ingresos iraníes hasta obligar al régimen a volver a negociar.
El problema es que Irán está intentando hacer exactamente lo mismo en sentido contrario.
Su ventaja no está en competir dólar por dólar con Estados Unidos ni en disponer de una fuerza naval equivalente. Está en conseguir que cada semana adicional de bloqueo tenga un coste para terceros países. Si un refinador asiático empieza a dudar de si dentro de dos meses podrá recibir petróleo del Golfo con normalidad, no espera necesariamente a que ocurra el desastre para reaccionar. Empieza a buscar alternativas hoy.
Y eso ya está sucediendo.
La dependencia india del petróleo ruso alcanzó un nuevo récord en julio y varias refinerías asiáticas han aumentado esta semana sus compras de crudo estadounidense para asegurarse suministros futuros. Éste me parece uno de los datos realmente interesantes porque demuestra que la guerra ya está cambiando flujos comerciales antes incluso de que sepamos cómo terminará.
Cada cargamento que Asia compra en Estados Unidos, Rusia u otro productor porque no se fía del Golfo es una pequeña modificación de las rutas energéticas mundiales. Una semana probablemente no cambia nada. Varios meses sí pueden hacerlo.
Y esto plantea también un problema para Irán. Su poder depende precisamente de que Ormuz siga siendo imprescindible. Cuanto más imprevisible convierta el tránsito, más dinero dedicarán compradores y productores a buscar rutas, contratos y proveedores alternativos. Teherán puede utilizar el estrecho como palanca negociadora, pero tiene que procurar no conseguir que sus propios clientes empiecen a diseñar cómo vivir sin ella.
Además, la estrategia es difícil de calibrar. Atacar suficientes barcos para mantener la presión puede elevar el coste económico de la guerra para Washington. Atacar demasiados puede terminar justificando una respuesta militar mucho mayor o enfrentando a Irán con países que hasta ahora preferían mantenerse al margen.
Por eso, después de leer la noticia, creo que la cuestión interesante ya no es preguntarnos simplemente si Irán “cerrará Ormuz”. Quizá estemos haciendo mal la pregunta.
Lo que estamos viendo puede ser más incómodo: un estrecho parcialmente abierto en el que cruzar depende de la bandera, la carga, el propietario del barco y de si Teherán considera que tienes permiso para hacerlo.
Un cierre completo sería espectacular y probablemente temporal. Convertir durante meses una de las grandes rutas comerciales del mundo en una aduana militar iraní podría ser bastante más difícil de solucionar.
El viernes, según los datos de Kpler recogidos por Reuters, únicamente dos embarcaciones habían atravesado claramente el estrecho y no se observaba ningún cargamento de petróleo cruzándolo. El día anterior habían pasado nueve barcos, después de cinco el miércoles. Más que un cierre absoluto, estamos empezando a ver algo parecido a un tránsito administrado bajo amenaza.
Y ahí está la novedad.
Una comisión del Parlamento iraní acaba de aprobar un plan que permitiría prohibir el paso por Ormuz de activos y equipos vinculados a Estados Unidos, Israel y otros países considerados “hostiles”. Además, Irán ha retomado los ataques contra barcos a los que acusa de intentar cruzar sin su autorización.
En otras palabras, Estados Unidos bloquea los puertos y exportaciones iraníes para cortar su principal fuente de divisas y Teherán responde intentando crear su propio sistema de sanciones en el mar.
No sé si alguien tenía en su lista de 2026 una guerra comercial gestionada con portaaviones y petroleros, pero aquí estamos.
Washington asegura que puede mantener indefinidamente el bloqueo naval sobre Irán. Pete Hegseth ha dicho que Estados Unidos puede rotar sus buques y sostener esa presencia durante el tiempo que sea necesario, mientras Scott Bessent promete para la próxima semana medidas de aislamiento económico todavía más agresivas contra Teherán. El objetivo es bastante evidente: reducir los ingresos iraníes hasta obligar al régimen a volver a negociar.
El problema es que Irán está intentando hacer exactamente lo mismo en sentido contrario.
Su ventaja no está en competir dólar por dólar con Estados Unidos ni en disponer de una fuerza naval equivalente. Está en conseguir que cada semana adicional de bloqueo tenga un coste para terceros países. Si un refinador asiático empieza a dudar de si dentro de dos meses podrá recibir petróleo del Golfo con normalidad, no espera necesariamente a que ocurra el desastre para reaccionar. Empieza a buscar alternativas hoy.
Y eso ya está sucediendo.
La dependencia india del petróleo ruso alcanzó un nuevo récord en julio y varias refinerías asiáticas han aumentado esta semana sus compras de crudo estadounidense para asegurarse suministros futuros. Éste me parece uno de los datos realmente interesantes porque demuestra que la guerra ya está cambiando flujos comerciales antes incluso de que sepamos cómo terminará.
Cada cargamento que Asia compra en Estados Unidos, Rusia u otro productor porque no se fía del Golfo es una pequeña modificación de las rutas energéticas mundiales. Una semana probablemente no cambia nada. Varios meses sí pueden hacerlo.
Y esto plantea también un problema para Irán. Su poder depende precisamente de que Ormuz siga siendo imprescindible. Cuanto más imprevisible convierta el tránsito, más dinero dedicarán compradores y productores a buscar rutas, contratos y proveedores alternativos. Teherán puede utilizar el estrecho como palanca negociadora, pero tiene que procurar no conseguir que sus propios clientes empiecen a diseñar cómo vivir sin ella.
Además, la estrategia es difícil de calibrar. Atacar suficientes barcos para mantener la presión puede elevar el coste económico de la guerra para Washington. Atacar demasiados puede terminar justificando una respuesta militar mucho mayor o enfrentando a Irán con países que hasta ahora preferían mantenerse al margen.
Por eso, después de leer la noticia, creo que la cuestión interesante ya no es preguntarnos simplemente si Irán “cerrará Ormuz”. Quizá estemos haciendo mal la pregunta.
Lo que estamos viendo puede ser más incómodo: un estrecho parcialmente abierto en el que cruzar depende de la bandera, la carga, el propietario del barco y de si Teherán considera que tienes permiso para hacerlo.
Un cierre completo sería espectacular y probablemente temporal. Convertir durante meses una de las grandes rutas comerciales del mundo en una aduana militar iraní podría ser bastante más difícil de solucionar.
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